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Opinión

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Las cadenas olvidadas

Vidal Maté

La media docena de agricultores de mi pueblo, posiblemente los últimos, los que años atrás abandonaron también las explotaciones ganaderas hoy en ruinas para dedicarse exclusivamente al laboreo de las 1.400 hectáreas que ataño ocupaban la actividad de medio centenar de pequeños agricultores, ponen caras de circunstancias cuando escuchan eso de la cadena alimentaria o de suprimir la venta a pérdidas. La media docena de agricultores de mi pueblo, como en tantos otros, hoy están a otra cosa.

Les preocupa que los operadores que retiraron los cereales de las eras el pasado verano, sin contrato, ni otra referencia al margen de la normativa en vigor y lejos de los controles de la Aica, que ahora anda de vendimia con las bodegas, un año más les digan que las cotizaciones de los mercados están a la baja, que es lo que hay y les ponen  sin más palabras las liquidaciones sobre la mesa. Les cabrean los operadores, pero año tras año, llevan el mismo lamento, están en las mismas y no es culpa de los operadores que se limitan a estar a la espera...

A los agricultores les preocupan los globos sonda lanzados ya por los mismos intermediarios advirtiendo que, esta sementera, como la anterior, van a seguir subiendo los precios de los abonos, no se sabe si por una mayor demanda, por la subida de los precios del gasóleo, de la energía, del gas, del coste del transporte, de los convenios colectivos, aunque se hayan congelado los salarios, o simplemente porque así lo ha decidido el oligopolio de las industrias, también lejos de Competencia o los distribuidores locales o comarcales en el medio rural, libres para pactar precios o reparto de territorios, por eso de que entre bomberos no hay que pisarse la manguera.

A los agricultores de mi pueblo les traen por la calle de la amargura los precios elevados de la semillas certificadas como si fueran pepitas de oro en vez de granos de trigo, los peajes a pagar durante años a los obtentores y los controles de papeles de compra que les hacen los del Seprona, motos en ristre en el campo como si fueran terroristas. No se creen que los civiles lo hagan porque se lo pida el cuerpo, en otras palabras, que sea de oficio, y desconfiados que son, creen que a esos de las motos, con quienes toman más de una cerveza en los bares, les envía alguien de arriba empujados con intereses en el negocio. Reconocen la importancia de disponer de semillas que producen a pesar de la sequía,(”es un milagro”) pero no entienden precios tan elevados y albergan dudas sobre quién se queda con los beneficios, si el obtentor de la semilla o el intermediario. Tampoco entienden que el Seprona tenga efectivos abundantes para vigilar a los agricultores en el campo y no haya más personal y medios para velar por la seguridad de los pueblos abandonados.

Al único joven que se ha incorporado a la actividad en la explotación familiar, ya entrado en los 40, le preocupa que, antes de pisar tierra con la ayuda oficial, ya se hayan llevado un mordisco de la misma los hombres de Hacienda.

Los vecinos de mi pueblo, media docena de cerealistas, unos pocos jubilados más y viudas de edad avanzada, son conscientes de que con los mini supermercados de furgoneta a la puerta de sus casas están pagando unos precios por los alimentos que no producen más caros que un habitante urbano, aunque a la postre dan las gracias a esos benditos intermediarios que se acercan a sus casas, algunos para vender cinco barras de pan..

Los vecinos de mi pueblo han oído en las televisiones que el gobierno ha devuelto la sanidad universal y por eso no entienden muy bien cómo tienen el médico un día a la semana, menos en el periodo de vacaciones que no viene ninguno y que personas de edad para acudir a un centro de salud comarcal para cosas no urgentes deban utilizar el servicio de transporte del vecino porque no hay servicio oficial y el taxi más cercano se halla a 30 kilómetros.

Los vecinos de mi pueblo han visto con buenos ojos y sonrien cuando la Diputación les ha puesto un barrendero a tiempo parcial para limpiar de las calles lo que no se ha llevado el cierzo, pero no entienden que otras administraciones no tengan recursos para mejorar la sanidad, la educación o los servicios de transporte, que no haya una mayor sensibilidad para  bajar impuestos de bienes inmuebles, para mejorar la fiscalidad que pueda aumentar la actividad industrial en el medio, como tampoco entendían, aunque cogieron la pasta, cuando Zapatero les dio fondos para construir un almacén municipal donde solo hay un carretillo, unas palas y una manguera...”Pues si los dan buenos son…”

Para el sector agrario de mi pueblo, como de tantos otros pueblos que viven de esa actividad, es importante el equilibrio en la cadena alimentaria, evitar que no haya ventas a pérdidas para  sus productos, aunque los cerealista de mi pueblo lo miren con desdén.

Agricultura ha llevado cabo en los últimos años diferentes estudios para analizar todo el proceso de formación de los precios, detectar esos saltos, ver los motivos y, sobre el papel, tratar de equilibrar el reparto en la cadena de valor para que el agricultor reciba algo más del actual 20% sobre el precio final de su producto. Sin embargo, no se ha prestado el mismo interés y esfuerzo para analizar esas otras cadenas de valor para productos como piensos, semillas, energía, abonos, zoo y fitosanitarios, servicios en general donde el campo se deja cada año más de 22.000 millones de euros para saber realmente a qué precio sale un abono o una semilla de fábrica, puerto o de su obtentor y cómo evoluciona el mismo a lo largo de todo el proceso. Sería el comienzo para saber quién es quién en esa formación de precios  con la ayuda de Competencia actualmente de vacaciones en esa parte de la cadena y tan activa para denunciar pactos imposibles de precios en el campo.

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