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El sector del vino mira al cielo

Ricardo Migueláñez

El sector productor vitivinícola mira de reojo y con cierta preocupación al cielo y a cómo puede venir la vendimia en España en este próximo otoño, la de la campaña 2019/20 que se iniciará el 1 de agosto. Dos campañas seguidas con altos volúmenes de vino y mosto pueden traer cierto dramatismo a buena parte de los viticultores de nuestro país y llevar a drásticas caídas de precios en origen y a unos stocks más elevados de lo deseable.

La situación puede resultar todavía más preocupante si nuestros principales clientes en el exterior (léase Francia, Alemania, Italia o Portugal), hacia donde se dirige un volumen considerable de vino a granel, repiten también cosechas aceptables y si otros abastecedores de países terceros (léase Chile, Argentina, Sudáfrica, Australia o Nueva Zelanda) concluyen ahora su vendimia con cantidades importantes que deberán exportar.

Llevamos ya ocho meses de la campaña 2018/19 y la situación del mercado, sin ser buena, está siendo mejor de lo que cabría esperar en estas circunstancias. Es cierto que los precios de las uvas y del vino bajaron a niveles bastante inferiores a los de la campaña precedente, aunque la situación fue bastante heterogénea según calidades y zonas de producción. Algo normal teniendo en cuenta que en la campaña anterior la producción vitivinícola española se quedó en 35,5 millones de hectolitros y que, además, la comunitaria no llegó ni a 150 millones. Esto hizo que los precios repuntasen, sobre todo a partir de la segunda mitad de la campaña.

La primera consecuencia de esa baja producción comunitaria y española en 2017/18 fue que al  final de esa campaña, las existencias de vino y mosto se redujeran casi un 10% y en algo más de 17 millones de hectolitros, de los cuales un 9,7% y 3,3 millones fueron de España.

La UE empezaba la actual campaña 2018/19 con uno de los volúmenes de vino y mosto en stock más cortos de los últimos años, con 154,64 millones, un 10% menos que un año antes, y España lo hacía con 30,6 millones que, sin ser de los más bajos (en 2012 y en 2013 fueron de poco más de 29 millones), sí eran de los más reducidos de la presente década.

A la situación comunitaria se unió también las flojas cosechas de algunos países del Hemisferio Sur,  principalmente Chile, Sudáfrica y Australia, afectados por las malas condiciones climáticas en sus zonas de producción, con lo que la oferta mundial de vino inició también la campaña 2018/19 con volúmenes bastante más ajustados que en campañas anteriores.

La producción mundial de vino en 2017/18 fue de unos 250 millones de hectolitros, según la Organización Internacional de la Viña y el  Vino (OIV), un 8,6% menos que en la campaña anterior y a uno de los volúmenes más bajos de la historia, solo por delante de lo elaborado en el año 1957, que se quedó en apenas 173,8 millones.

Ese “colchón” de menos oferta de vino y mosto en los mercados, procedente de la campaña anterior, ha venido a aliviar la situación actual y que no se disparasen las alarmas, para que el semáforo se quedara fijo en ámbar y no pasara a estar en rojo.

Prueba de fuego

¿Cuánto puede durar esta situación?  A ciencia cierta es difícil de saber, pero todo parece indicar que va a depender mucho de cómo venga la próxima vendimia en nuestro país y en los principales países productores de la UE, que recuperaron también niveles más “normales” de producción en la actual campaña, sobre todo Francia, con más de 49,5 millones de hectolitros, y Alemania, con unos 10,7 millones, mientras que Italia mejoró algo menos, pero con una producción igualmente importante de 49, 5 millones.

La realidad es que si Francia e Italia mantienen los últimos volúmenes comunicados a Bruselas, nuestro país sería en 2018/19 el primer productor de vino y mosto de la UE, ya que la última estimación estadística del Ministerio de Agricultura daba cuenta de casi 49,94 millones de hectolitros, un 40,8% más que la débil producción de la campaña anterior, fruto de una cosecha de uva para vinificación de 6,32 millones de toneladas, un 32,1% superior a la de la vendimia de 2017/18, que se quedó en 4,77 millones.

La verdadera “prueba de fuego” vendrá  al término de este próximo verano, cuando se empiecen a conocer las primeras estimaciones de la vendimia de la nueva campaña 2019/20 y se sepa ya cómo ha concluido a 31 de julio la comercialización de vino y mosto y a cuánto asciende el stock final en las bodegas y almacenes, y si esas existencias dejarán hueco suficiente en esas instalaciones para dar cabida a la cosecha que tenga que llegar.

Desde el sector cruzan los dedos por lo que está por venir. Ya, desde principios de año, algunas organizaciones agrarias, principalmente de Castilla-La Mancha, la Comunidad que aglutina el grueso del volumen de la producción de vino (24,6 millones de hectolitros, un 55,8% del total nacional) y de mosto sin concentrar (4,3 millones, un 88,3% del total nacional)  y también de Extremadura (más de 3,6 millones de hectolitros de vino, un 8,2% del total y cerca de 142.500 hl de mosto sin concentrar) están pidiendo que se adopten medidas de autorregulación de la oferta del mercado, como permite la reglamentación comunitaria.

Estas medidas, que son muy fáciles de decir o de pedir, pero muy difíciles de poner en marcha en este sector, tendrían que estar ya pensándose o diseñándose por si hicieran falta aplicarlas a finales de la actual campaña o a inicio de la próxima. Y algo que debería tener claro desde el principio el propio sector es que no va a venir “papá Estado” a solucionar la papeleta, sino que tendrán que ser productores y bodegueros quienes adopten y financien esas medidas. ¿Cómo? Pues parece evidente: a través de lo que permite la reglamentación comunitaria de la Organización Común de Mercados Agrarios (OCMA) y con consenso, a través de una “extensión de norma” del conjunto del sector productor y transformador a aprobar por la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE).

En un país tan heterogéneo como España, la producción de vino y mosto no es tampoco homogénea. Ese es el problema: mientras que en algunas zonas, ligadas a Denominaciones de Origen, como Rioja, llevan ya unos años limitando sus rendimientos productivos; otras, como Castilla-La Mancha o Extremadura, han empezado a pensar en ello tardíamente y las reestructuraciones y mejoras en el cultivo de viñedo han contribuido a elevar la productividad por volumen, al margen de lo que demandaba o no el propio mercado en cada momento.

Límite de rendimientos

En este contexto, ni siquiera por una supuesta solidaridad, no sería justo pedir el mismo esfuerzo de autorregulación de la oferta a unos y a otros, a los que han intentando evitar o frenar la aparición de excedentes difícilmente comercializables, frente a los que han contribuido a crearlos sin más, no poniendo coto a los rendimientos productivos.

A principios de febrero, Cooperativas Agro-alimentarias de Castilla-La Mancha estimaba ya necesario implementar una medida de mercado, que se pueda activar automáticamente este mismo año y que permita “corregir las indeseables oscilaciones de precio y prevenir así a partir de la próxima campaña perturbaciones o desajustes de mercado.”

Una medida, “fácil de entender y de aplicar”, añadía, “que se aplique en el ámbito nacional, con el objetivo principal de procurar equilibrar el abastecimiento regular del mercado y amortiguar las indeseables oscilaciones de precios que, en determinados momentos, suceden en el mercado vinícola.” Una medida que esté sustentada sobre “datos objetivos, que  permitan a cada bodega autorregularse y que persiga por encima de todo la elaboración de productos de calidad que creen valor”, según Juan Fuente, su portavoz sectorial.

Organizaciones agrarias de esa Comunidad Autónoma, como la Unión de Pequeños Agricultores (UPA), señalaba también a través de su portavoz, Alejandro García-Gasco, que “no hemos aprendido gran cosa de los graves problemas de sobre-producción que tuvimos en 2013, porque no se ha hecho nada para evitar volver al mismo punto.” En esa campaña, se alcanzó una producción de más de 53 millones de hectolitros y se adoptó, no sin  muchos problemas, aplicar una destilación obligatoria “de crisis” de unos 4 millones de hectolitros.

Sin ayudas públicas

Era la primera vez que desde el Ministerio de Agricultura se imponía, hasta cierto punto, la auto-responsabilidad del propio sector productor y transformador para gestionar una oferta excedentaria y excesiva en volumen, sin ayudas públicas, intentando activar y aplicar el artículo 167 de la OCM Única (Reglamento 1308/2013), relativo a “Normas de comercialización para mejorar o estabilizar el funcionamiento del mercado común de vinos”.

En ese artículo se indica que “con el fin de mejorar y estabilizar el funcionamiento del mercado común en el sector de los vinos, incluidas las uvas, los mostos y los vinos de los que procedan, los Estados miembros productores podrán establecer normas de comercialización para regular la oferta, en particular mediante las decisiones adoptadas por las organizaciones interprofesionales reconocidas. Dichas normas serán acordes con el objetivo que se persiga y no podrán tener por objeto ninguna transacción posterior a la primera comercialización del producto de que se trate; disponer la fijación de precios, incluyendo aquellos fijados con carácter indicativo o de recomendación; bloquear un porcentaje excesivo de la cosecha anual normalmente disponible, y dar pie para negar la expedición de certificados nacionales o de la Unión necesarios para la circulación y comercialización de los vinos, cuando dicha comercialización se ajuste a las normas antes mencionadas.”

La normativa aprobada, que al final no se aplicó al haber muchas dudas, diferencias y dificultades para ponerla en marcha por parte de las bodegas, establecía una norma de comercialización para retirar definitivamente del mercado, a través de la destilación para fabricar alcohol vínico con fines industriales o energéticos, un máximo de 4 millones de hectolitros de determinados tipos de vinos elaborados en aquellas regiones cuya producción de vino fuese significativa en el conjunto de España y en la campaña 2013/14 hubiese sido superior al 50% de la media de las cuatro últimas campañas, con rendimientos medios productivos de más de 80 hl/hectárea.

Esa situación de elevados rendimientos, bastante peor que la actual, solo se daba en Castilla-La Mancha, que en su balance provisional de campaña declaraba 32,55 millones de hectolitros (25,62 millones de vino y 6,93 millones de mosto), unidas a unas existencias iniciales de 6,62 millones a 1 de agosto de 2013. El contexto en que se mueve la campaña actual parece, por ahora, algo más favorable que el de la campaña 2013/14, pero podría cambiar en los próximos meses. De ahí que no estaría de más prevenir al propio sector, antes que tener que curarlo cuando ya no haya más remedio.

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