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España sigue perdiendo masa vegetal vitícola

Ricardo Migueláñez

España se mantiene como el primer viñedo del mundo, con una superficie de 950.079 hectáreas (cifras a 31 de julio de 2019) y un potencial vitícola de 995.626 ha en esa fecha, según la suma de los registros vitícolas autonómicos, por delante de China, que nos viene pisando los talones desde hace años, con 875.000 has (estimación OIV, 2018) y que seguramente en poco tiempo nos superará.

La diferencia entre superficie plantada y potencial, esas 45.547 hectáreas, corresponde a intenciones de plantación a través de autorizaciones y derechos aún vigentes para poder plantar, no a área vitícola real. Una parte indeterminada de ese potencial es posible que al final no se plante y se pierda, lo que se paliará solo con las nuevas autorizaciones de plantación que la Administración conceda en las próximas campañas.

Por unos u otros motivos, lo cierto es que España ha ido perdiendo, año tras año, parte de su importante masa vegetal por arranques subvencionados de cepas entre 2009 y 2011 para reducir excedentes de producción de vino; por abandono de explotaciones de cultivo, debido a la retirada de sus propietarios; por cambio hacia otros cultivos más rentables (olivar, almendro, cereal…) o por mera restructuración o reconversión para tecnificar y mejorar el viñedo, haciéndolo más productivo, cambiando a variedades de uva más demandadas por el mercado o para mecanizarlo sustituyendo la conducción de vaso por espaldera.

Se ha perdido masa vegetal vitícola, tan importante para el medio ambiente, porque el viñedo no solo luce un manto verde la mayor parte del año y absorbe CO2 de la atmósfera, sino que también evita el efecto erosivo y la pérdida de suelo fértil de mucha superficie. Atrás queda, seguramente para no volver, aquel cierto orgullo que suponía que nuestro país era el único que contaba con un millón o más de hectáreas de viñedo.

Eso sucedió en el paso entre el año 2010 (1.018.660 ha) y el 2011 (968.300 ha), cuando concluía ya el programa de arranque subvencionado, que impulsó la CE en 2019 para tratar de reducir los abundantes excedentes de vino en la Unión Europea que no encontraban acomodo en el mercado.

Desde la campaña 2000/01, la superficie plantada de uva de vinificación en nuestro país se ha reducido en 174.354 has y las CC.AA. que más masa vegetal han perdido desde entonces han sido las que más tenían y siguen teniendo más, como Castilla-La Mancha (-42,6%), Región de Murcia (-11,5%), Comunidad Valenciana (-11,2%), Extremadura (-9,6%), Aragón (-7%), etc., según los últimos datos del Ministerio de Agricultura. En ese periodo, solo La Rioja (+3,1%), Castilla y  León (+2,9%) y País Vasco (+1%), principalmente, han sido capaces de recuperar superficie.

Durante la anterior campaña, a pesar de plantearse cerca de 16.000 hectáreas de viñedo de uva de vinificación, la superficie plantada al final de la misma disminuyó en 5.298 hectáreas, un 0,55% en relación a la que había un año antes.

O, dicho de otra manera, desaparecieron por unos u  otros motivos algo más de 21.000 hectáreas y esta pérdida de masa vegetal solo pudo compensarse en parte, con las 15.759 de nuevas plantaciones, procedentes de autorizaciones administrativas bien directas o  bien a través de replantaciones autorizadas, tras arranque, o mediante la ejecución de derechos de plantación de viticultores de antes de 1 de enero de 2016, que aún estaban vigentes.

Descenso no lineal

A nuestro favor, justo es indicar también que la evolución a la baja de la superficie plantada de viñedo no ha sido lineal del todo y que a lo largo de la segunda década del siglo XXI se ha mantenido bastante estable, alternando leves incrementos, con leves descensos entre campañas, sobre todo si lo comparamos con los primeros diez años de este siglo, en los que sí se produjo una considerable caída.

Al final de la campaña 2000/01 (31 de julio de 2001) había plantadas en nuestro país 1.124.433 hectáreas; al término de la campaña 2010/11 (31 de julio de 2011), la superficie era de 968.298 hectáreas. En estos diez años bajó cerca de un 14% y en 156.135 hectáreas.  En cambio, desde esa última campaña a la pasada 2018/19 (31 de julio de 2019), el descenso ha sido inferior a un 2% y de apenas 18.219 hectáreas.

Esa importante diferencia se debe a que, como hemos dicho, en la primera parte del siglo, entre 2009 y 2011, se primó por parte de la UE los arranques de cepas para reducir excedentes no comercializables, que iban a destilación de alcohol y suponían un enorme coste financiero para las arcas comunitarias.

Lo que nos depare esta tercera década que, con tal mal pie acabamos de comenzar por la propagación mundial del Covid-19, es todavía una incógnita. Sin duda, va a depender en primer lugar de la propia rentabilidad económica del cultivo. Si se suceden años de bajos precios de la uva para vinificación por una evolución descendente de la demanda interna y mundial de consumo de vino y de otros derivados, es bastante probable que se acelere la pérdida de esta masa vegetal por abandono de explotaciones o por búsqueda de otros cultivos alternativos más rentables, como en parte viene ya sucediendo.

Si, en cambio, la demanda se mantiene más o menos estable o incluso observa indicios de mejora por el incremento del consumo en mercados que aún cuentan con gran potencial, la superficie plantada de viñedo es posible que logre mantenerse o incluso incrementarse ligeramente, en función de si logramos atender de forma competitiva en precio y calidad esa demanda. Y todo eso, sin perder de vista al resto de países productores, que también perseguirán el mismo objetivo.

Cambio climático

Un tercer factor a tener muy en cuenta, que vemos, pero que no sabemos a ciencia cierta con qué velocidad va a influir, pero que ya lo está haciendo, en la evolución de la superficie vitícola es el de cambio climático. Este sector productor agrícola es uno de los que más ha observado e investigado, si no el que más, las consecuencias que ya está teniendo sobre el cultivo la progresiva y variable subida de las temperaturas por el efecto del cambio climático.

El adelanto de las vendimias, la pérdida de rentabilidad en algunas variedades, la falta de suficiente frío en los meses de invierno; las adversidades climáticas cada vez más extremas (tormentas con lluvia torrencial y pedrisco, olas de calor, heladas…) y que se producen de forma más temprana, el estrés hídrico, o el incremento de la graduación alcohólica…etc. son fenómenos que están ahí en cada campaña, condicionando fuertemente la evolución en volumen y calidad de las cosechas.  

Es imposible negar ya estas evidencias, como también lo es que afectarán en mayor o menor grado a la evolución de nuestra masa vegetal vitícola, en un país que se aventura como uno de los más afectados por el cambio climático durante los próximos años, debido a su situación geográfica. Lo que se ignora, porque no puede conocerse anticipada y realmente, es hasta qué nivel llegará esta incidencia.

Evolución mundial

A nivel mundial, con datos aún de 2018 de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), España aún mantiene su liderazgo en la masa vegetal vitícola, con un 13% y  969.000 ha sobre una superficie vitícola plantada total (incluidas superficies improductivas y superficies destinadas tanto a la producción de uvas de vinificación, como a la de uvas de mesa y uvas pasas) de 7,4 millones de hectáreas, que se ha mantenido bastante estable en los últimos años, con una ligera tendencia a la baja desde 2014 por los descensos de masa vegetal en Turquía, Irán, Estados Unidos y Portugal, principalmente.

China continental se sitúa en segundo lugar, con 875.000 has estimadas por la OIV para 2018, es decir, apenas 94.000 has por debajo que en nuestro país, principalmente destinadas a la producción de uva de mesa, aunque con crecimiento en las de uva para vinificación. Es de prever, y sería lo más normal, que en pocos años pueda superar en superficie vitícola a nuestro país, erigiéndose como el primero del mundo en este tipo de masa vegetal.

El viñedo en la Unión Europea suma 3,3 millones de hectáreas, manteniéndose estable en los últimos años, aunque tanto el tercer país en superficie (Francia, con 789.000 has), como el cuarto (Italia, con 702.000 has) han tenido incrementos relativos o porcentuales más altos de su masa vegetal que el nuestro, al autorizar el máximo de nuevas plantaciones de viñedo (1% de la superficie vitícola plantada de la campaña anterior), permitido por la CE en las últimas campañas (España se ha quedado en el 0,5% o incluso algo menos).

Estos cuatro países concentran prácticamente el 45% de la superficie de viñedo en el mundo. Les siguen otra serie de países, con un número considerable de hectáreas, pero cuyas áreas vitícolas se han mantenido estables o han descendido en los últimos años, caso de Turquía en quinto lugar, con 448.000 has, Estados Unidos (430.000 has), Argentina (219.000 has), Chile (212.000 has), Portugal (192.000 has), Rumania (191.000 has), etcétera.

La evolución de la superficie de viñedo en la Unión Europea, y por ende en España, se ha visto contenida en los últimos años por la puesta en marcha desde el 1 de enero de 2016 de un nuevo régimen de gestión del potencial de producción vitícola, que viene limitando las posibilidades de crecimiento anual de las nuevas plantaciones de viñedo en los Estados miembros a solo el 1% de la superficie plantada en la campaña inmediatamente anterior para evitar la generación de demasiados excedentes no comercializables, que incidirían de forma negativa en los precios y en la renta de los viticultores.  

Aunque no está decidido formalmente, es casi seguro que este régimen de control de la gestión del potencial vitícola se prorrogue al menos hasta el final de la década actual que acabamos de iniciar.

En el resto del mundo, aunque no existen, como en la UE, regímenes legales de limitación de la oferta productiva, la superficie vitícola no ha tenido una excesiva expansión (salvo en el caso de China, cuyos datos estadísticos están siempre en cuarentena), sino  más bien al contrario. Su evolución depende solo de la rentabilidad económica del propio cultivo y del comportamiento de la demanda. Y, ambos factores, no están incidiendo, por ahora, en un incremento preocupante de esta masa vegetal.

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