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La campaña agrícola más cara de la historia

Probablemente tengan razón las tres organizaciones profesionales agrarias, ASAJA, COAG y UPA, que demandaban el viernes 12 de noviembre un plan de choque al Gobierno porque nos encontramos ante la campaña agrícola, la 2021/22, más cara de la historia en costes de la mayor parte de los insumos o medios de producción utilizados.

Estamos, claramente, ante un problema de índole mundial con efecto “dominó”, que va más allá de las fronteras de nuestro país, pero también más allá de las fronteras de la Unión Europea, circunscrito en buena parte a los desajustes logísticos en la cadena de suministro de bienes (carestía de los fletes marítimos, falta de contenedores en determinados puertos y de exceso en otros, con retrasos en las descargas, insuficiencia barcos y de camiones para transporte en carretera…), provocados por una recuperación un tanto desordenada de la economía, tras aumentar la actividad y la demanda, una vez superados los coletazos más fuertes del “tsunami” de la pandemia de Covid-19, que aún está lejos de ser controlada.

Está por ver que se trate de algo coyuntural, como creen los Bancos centrales, que se apresuran a señalar que todo volverá a cierta “normalidad” en el primer trimestre del año que viene, o si es algo estructural, que permanecerá en los años venideros. La realidad, hoy en día, es la que es y la vienen sufriendo agricultores y ganaderos, pescadores, pero también en lo que le toca en parte la industria de transformación agroalimentaria.

El riesgo está en que si esta anómala situación de incremento de costes de producción se cronifica o se mantiene mucho tiempo podrían verse afectadas en su supervivencia no solo las explotaciones agrarias y las pymes más vulnerables, que cuentan ya en muchos sectores con márgenes muy ajustados, sino también las inversiones que ya estaban previstas o que pudieran planificarse en el medio y largo plazo.

El mayor problema que tiene el sector agrario, como ya hemos dicho en otras ocasiones, es la imposibilidad práctica de poder repercutir las fuertes subidas de sus costes de producción o, al menos, parte de ellos, en el precio final al que venden sus productos a los siguientes eslabones de la cadena de valor, más aún si estos son frescos y perecederos y por mucho que la Ley de la Cadena Agroalimentaria obligue a contemplar en los contratos de suministro esos costes en los precios de venta.  Este problema, mucho más atenuado, lo tiene también en parte la industria de alimentación y bebidas en relación con la distribución.

Aunque todos los sectores agropecuarios se están viendo afectados por este alza desmesurada de los costes de los principales insumos, no todos lo están por igual, ni mucho menos, ni todos pueden aguantar de la misma forma esta difícil situación. Los que peor lo están pasando son los sectores ganaderos y, dentro de éstos, como han venido denunciando las OPAs, el sector de vacuno de leche y el de ganado porcino. Mientras, el vacuno de carne, el avícola de carne y de puesta y el ovino-caprino sí parecen estar logrando mejorar algo sus precios en las lonjas, trasladando un porcentaje de esos costes, pero también debido a la contracción de la oferta y a una mejoría exportadora que se está produciendo.

Leche y porcino

En cambio, el vacuno de leche viene enlazando esta crisis desde hace ya varios años, que  ahora va a más con el fuerte incremento de los costes de la alimentación animal y de la electricidad, encontrándose en un momento muy complicado, en muchos casos produciendo “a pérdidas”. Según las organizaciones agrarias, hoy producir un litro de leche les cuesta a los ganaderos entre 0,38  y 0,40 €/litro, mientras que la industria les abona en torno a 0,34 €/litro, y el PVP del brick está en una media de 0,80 €/litro. Es decir, hay PVP más bajos (de 0,60 €/l en las ofertas) y más altos. Que el PVP de un litro de agua mineral sea mayor que el de un litro de leche es una de esas pequeñas “tragedias” o contradicciones cotidianas de nuestra sociedad.

En el sector porcino de capa blanca, tras dos o tres años de bonanza, han venido las rebajas de precios, una vez confirmado el parón comprador de China, dándose una oferta que sobrepasa la demanda actual en el mercado de la UE. Todo ello, además, en un contexto de costes elevados de los alimentos para el ganado, que están constriñendo aún más los márgenes de ese sector. A pesar de ello, hay esperanzas de mejora de la situación de aquí a final de año, porque se está produciendo ya una ralentización de la oferta productiva, sin descartar un recorte a corto plazo, y se va y se buscan destinos alternativos al gigante asiático.

Ejemplos de cómo está la situación actual los han dado estos días las organizaciones agrarias. COAG estimó que colocar un camión de 2.500 kg de abono a pie de finca tenía un coste de 4.000 € en la campaña anterior y en la actual, ese mismo camión con la misma cantidad, costaba entre 8.000 y 10.000 euros. O los 2.300 euros añadidos de gasto por el alza de costes de la alimentación animal y la factura eléctrica en una granja media de entre 80 y 100 vacas.

UPA también hizo sus cálculos y para una explotación de maíz de 25 ha, la subida solo de los insumos principales venía a suponer un mayor coste media del 59% y de más de 10.000 € por la subida de fertilizantes (+74%), fitosanitarios (+15%), gasóleo (+45%) o energía (+77%), o en el caso de una explotación de porcino de cebo, con 800 cabezas, solo el aumento del coste del  pienso (+24%) y del gasóleo (+45%), sin contar otros “inputs” (gasto veterinario, luz…etc.) suponía ya un 24% más y de 41.000 euros añadidos.

Cereales y fertilizantes

Sin duda, las elevadas cotizaciones de los cereales en los mercados mundiales a lo largo de toda la campaña y en relación a lo que conocíamos (algunos precios no se han movido apenas en 20 años y solo la mejora de la productividad es lo que ha salvado al sector), debido a una producción más ajustada de lo previsto inicialmente en trigo, cebada y otros cereales pienso, y algo menos en maíz, se están trasladando en buena parte a los precios de la alimentación animal, que suben en el último año entre un 20-30%, cuando este “input” para muchas ganaderías supone entre el 50-80% de sus costes de producción.

A la vez, la escalada de precios de la energía, sobre todo del gas natural (+480% de septiembre de 2021, en que estaba a 15 €/MWh, a octubre de 2021, en 87 €/MWh, según el índice de referencia europeo TFF), pero también del gasóleo, en los últimos meses, se ha trasladado de lleno al precio de los fertilizantes, que prácticamente han duplicado o triplicado su precio en el último año, sobre todo los nitrogenados. El índice de precios de este insumo del Banco Mundial del mes de septiembre refleja una subida del 77% en relación a 2020, pero en nuestro mercado los nitrogenados (urea) ha pasado de 350 a 650 €/tn (+ 86%); el DAP (18-46-10) subió en octubre sobre ese mes de 2020 un 139% y el NAC 27 (27-0-0) un 207% en el mismo periodo; el sulfato amónico, pasó de 216 €/tn a 410 €/t (+85%); el fosfato diamónico aumentó casi un 82%, hasta 680-700 €/tn y el complejo 15-15-15 casi un 74%, alcanzando 550-580 €/tonelada.

En los mercados internacionales, el aumento de los precios de fertilizantes y de materias primas ha sido mucho más acusado, según posición de la oferta, llegando a estar cerca del 200%, como el caso del amoniaco del Mar Negro (701 $/t en octubre 2021, frente a 199 $/t en septiembre de 2020) o la urea granular en Nueva Orleans, EE.UU. (691 $/t en octubre de 2021 frente a 226 $/t en septiembre de 2020).

En discusión está si este incremento fuerte de los costes energéticos y de fertilización afectarán o no a las próximas siembras. En Estados Unidos el debate está en si reducir la superficie de maíz y sustituirla por la de soja u otras oleaginosas, que demandan menos abonado, sobre todo de nitrogenados, aunque la firmeza de precios (el aumento del uso para fabricar biocombustibles por la firmeza de las cotizaciones del petróleo) podría tener el efecto contrario y animar a sembrar más.

Otros “inputs”

Otros dos insumos básicos para la actividad agraria y que ya venían subiendo de un tiempo a esta parte, como el gasóleo B agrícola y la energía eléctrica, han disparado también sus precios en nuestro país en estos últimos meses, con alzas de un 75% y de un 270%, respectivamente.

Ahí no se para la cosa, porque los costes también han subido bastante por el alza de los precios de “inputs”, como las semillas certificadas (+20%), el agua para regadío (+33%), los plásticos utilizados en cultivos de invernadero (+46%), algunos fitosanitarios, como el glifosato Roundup (+48%) o la maquinaria y los repuestos (+10%-25%).

Tampoco hay que obviar la subida de los costes laborales y sociales que a los empresarios agrícolas les ha supuesto el incremento del Salario Mínimo Interprofesional (SMI) en los tres últimos años de casi un 30%, a lo que habría que sumar la consiguiente repercusión en las cotizaciones de la Seguridad Social.

¿Tiene todo esto una explicación lógica? Es difícil de entender, pero posiblemente se deba a una concatenación de varios acontecimientos, que escapan de cualquier control nacional y sin que debamos obviar ciertos elementos especulativos y emocionales que contribuyen a tensionar también un poco más esta compleja situación. Por ejemplo, dando pábulo de escasez de cereales, en una campaña récord o casi récord, y de otras materias primas, así como debido a desajustes en el suministro o “cuellos de botella” en la producción y distribución de insumos básicos, imprescindibles para la actividad agraria, que luego pasan a convertirse en un problema real para quienes los demandan.

Intervenciones en los mercados de oferta y demanda de grano y de fertilizantes de Estados con mucho peso en el panorama agroalimentario y de materias primas mundial, principalmente Rusia y China, no están facilitando tampoco una mejoría del momento actual.

Insumos y precios de los alimentos

Expertos de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) han elaborado un Índice Mundial de Precios de los Insumos (GIPI) para ayudar a examinar los impactos del rápido aumento de los precios de los mismos, en especial los de la energía derivada de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas natural) sobre los precios de los alimentos básicos, su evolución futura y sus probables consecuencias para la seguridad alimentaria mundial.

Este análisis revela que el GIPI, que incluye los precios de la energía, fertilizantes, plaguicidas, piensos y semillas, y el Índice de Precios de los Alimentos de la FAO (FFPI), que rastrea los precios comercializados a nivel internacional de los principales productos  alimenticios agrícolas (cereales, azúcar, aceites vegetales, carne,  lácteos), se han movido de manera sincronizada desde 2005, lo que indica que  los costes más altos de los insumos terminan por traducirse fácilmente en precios más altos de los alimentos.

Hasta agosto de 2021, el FFPI aumentó un 34% y el GIPI un 25% en general con relación a un año antes. Hay que anotar que ni en todas las regiones, ni en todos los sectores productivos sucede lo mismo (por ejemplo, la soja que demanda menos abonos nitrogenados se ve menos afectada, al contrario que el porcino que, al descenso de precios de la carne, une el aumento de los precios de los piensos, lo que provoca una mayor reducción de márgenes).

Si el fuerte incremento de los precios de los medios de producción provoca al final una contracción importante de la oferta de algunas producciones a nivel mundial, ésta puede terminar trasladándose a los precios de venta de los alimentos a los consumidores, afectando a los más vulnerables y, en algunos casos, a la seguridad alimentaria de los países con menores recursos.

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