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La sostenibilidad de las explotaciones de vacuno lechero (I)

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La leche es uno de los alimentos más nutritivos que la naturaleza ha creado, y no es difícil imaginar que la producción de tal producto requiera de importantes recursos naturales. Desde los orígenes de la producción lechera, las vacas han sido seleccionadas en base a su capacidad productiva ignorando su eficiencia (i. e., la cantidad de recursos naturales necesarios por cada unidad de leche producida). En los últimos 20 años, las mejoras en nutrición, manejo, y genética del vacuno lechero han permitido más que doblar la cantidad de leche que las vacas producen. Sin embargo, y a pesar del gran progreso conseguido, la producción actual de leche por habitante es un 14% inferior a las cifras de 1960 (Gerosa y Skoet, 2012). Es decir, el impresionante progreso conseguido no ha sido suficiente para abastecer la creciente demanda de productos lácteos por parte de la humanidad (Steinfeld et al., 2006). De hecho, hoy la mayoría de los países (entre ellos España) producen menos leche que su demanda interna (con la excepción de Estados Unidos, muchos países de Europa, Australia, Nueva Zelanda, Argentina, y Uruguay) (FAO, 2009). A esta situación hay que sumarle el hecho de que la cantidad de tierra cultivable representa el 35% de la superficie terrestre (The World Bank, 2014) y esta cifra no cambiará en el futuro, y si lo hace será para disminuir. Por tanto, el único camino factible para abastecer la humanidad de productos lácteos en un futuro a medio plazo es a través de la mejora de la eficiencia de producción.

La sostenibilidad de las explotaciones de vacuno lechero pasa por cuatro premisas: 1) que la actividad sea económicamente rentable (si no hay beneficio económico el sistema es insostenible); 2) que la actividad genere un producto saludable (libre de posibles contaminantes, residuos, etc...); 3) que la leche se produzca usando métodos aceptables por los consumidores (e. g., sin uso de hormonas); y 4) el uso de recursos naturales para producir leche sea altamente eficiente (de modo que las generaciones futuras dispongan como mínimo de los mismos recursos, sino más, de los que de hoy disponemos nosotros).

Existen varias posibilidades para mejorar la eficiencia productiva de las explotaciones de leche, como mejorar la función reproductiva, realizar distintos grupos de alimentación de las vacas, minimizar la proporción de vacas secas de la explotación, etcétera, pero las dos alternativas más factibles (y eficaces) para obtener mejoras notables en la eficiencia de utilización de recursos naturales para la producción de leche son, por un lado, mejorar el crecimiento y calidad de las novillas o recría, y por otro, mejorar la eficiencia de conversión de la vaca lactante.

1. Mejorar la sostenibilidad a través de mejoras en la recría

Conseguir mejoras en el ritmo de crecimiento de las novillas no sólo permite disminuir la edad al primer parto (con la consiguiente mejora en costes de producción y una reducción notable de las emisiones de gases de efecto invernadero), sino que también permite mejorar la vida y capacidad productiva, así como la función reproductiva del vacuno lechero adulto (González-Recio et al., 2012). Desde el punto de vista económico, reducir la edad al primer parto de la recría tiene dos consecuencias principales: 1) reduce el número de animales de recría necesarios (y por tanto menos bocas a alimentar y menor inversión y uso de recursos naturales), y 2) reduce el número de días que las novillas son alimentadas y no producen leche (con el consiguiente ahorro, de nuevo, de recursos naturales). A modo de ejemplo, un rebaño de 100 vacas con un índice de reposición del 30%, si redujera la edad al primer parto en 2 meses (e.g., de 26 a 24 meses) supondría un ahorro de más de 20 toneladas de alimento por año (en materia seca).

Pero las ventajas de alimentar correctamente la recría no sólo incluyen una disminución de la edad al primer parto, un menor uso de recursos naturales, y un mayor retorno económico, sino que también comportan mejoras a largo plazo en la capacidad productiva y funcionalidad de los animales a través, mayoritariamente, de mecanismos epigenéticos. La epigenética modula la expresión de los genes principalmente a través de la acetilación de histonas o la metilación de algunas zonas concretas del DNA. Los mecanismos evolutivos de la naturaleza van dirigidos a maximizar la supervivencia de la progenie. Normalmente, la evolución es fruto de mutaciones genéticas aleatorias, y aquéllas beneficiosas pasan a siguientes generaciones mientras que las que suponen desventajas resultan en una menor supervivencia de la progenie y terminan extinguiéndose con el transcurso del tiempo. Si bien la aleatoriedad evolutiva existe, también hay otros mecanismos que, sin alterar el perfil genético de la progenie, modifican el grado de expresión de determinados genes. De este modo, la naturaleza se ha dotado de mecanismos para potenciar o silenciar la expresión de determinados genes con el fin de maximizar la adaptación de la progenie a su entorno. Bach y Ahedo (2008) fueron los primeros en sugerir un efecto del ritmo de crecimiento (y plano de alimentación) de la recría durante los primeros 2 meses de vida y la producción futura. Más recientemente, otros autores (Bach, 2012; Soberon et al., 2012) han corroborado estos resultados. Más concretamente, Bach (2012) realizó un metaanálisis con datos de siete estudios y concluyó que por cada 100 g/d de crecimiento adicional durante los primeros 60 días de vida, se puede esperar un aumento de 225 kg de leche en la primera lactación. Por tanto, aumentar el crecimiento de las novillas a edades tempranas no sólo puede mejorar los costes de producción a través de una mejor eficiencia de utilización de los mismos, sino que además repercute positivamente en la producción lechera en el vaca adulta.

*La segunda parte del artículo se publicará la próxima semana.

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