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Más datos sobre despoblación, todavía nos falta la acción

Ricardo Migueláñez. @Rmiguelanez

La pérdida de peso económico y laboral de lo que unos llaman la “España vaciada” otros la “España despoblada” y de muchas otras maneras se ha convertido en un fenómeno o tendencia imparable en la que, por ahora y salvando casos muy puntuales de sostenimiento o leve recuperación, no se encuentra freno e incluso se ve casi imposible siquiera que se pueda revertir.

El último informe de la Fundación de Cajas de Ahorros (FUNCAS), presentado recientemente y realizado por los investigadores Eduardo Bandrés y Vanessa Azón, ofrece una visión analítica bastante novedosa de la evolución histórica de la demografía de nuestro país, a partir de la cual sostiene con la prudencia debida una serie de impresiones y recomendaciones, que se deberían tener en cuenta a la hora de diseñar y poner en marcha políticas público-privada frente al ingente reto demográfico que tiene España por delante.

Como se ha dicho tantas veces, intentar revertir esta tendencia no será cosa de unos pocos años, ni de una sola legislatura, sino que se necesitarían periodos de tiempo mucho más largos, de al menos una década y, aún así, sin garantía de éxito. Algo que no casa con la visión cortoplacista de la política española y la de sus políticos y Gobiernos de turno.

El informe profundiza, en cualquier caso, una vez más y como no podía ser menos, en la honda herida que presenta nuestro país, al señalar que un total de 23 provincias (de las 50 que existen) de la España interior de Castilla y León, Aragón, Castilla-La Mancha, Extremadura, Galicia interior, parte de la Andalucía Oriental y La Rioja han perdido alrededor de la mitad de su peso poblacional, económico y laboral en los últimos 70 años.

Con exclusión de las capitales de provincia y de las ciudades de más de 50.000 habitantes, las 23 provincias que formarían el núcleo de la España despoblada, porque han perdido población entre 1950 y 2019 y tienen una densidad de población inferior a la media nacional, son Ávila, Burgos, León, Palencia, Salamanca, Segovia, Soria, Valladolid y Zamora (todas las de Castilla y León); Huesca, Teruel y Zaragoza (todas las de Aragón); Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Guadalajara (todas salvo Toledo, en Castilla-La Mancha), Badajoz y Cáceres (todas de Extremadura), Lugo y Ourense (todas de Galicia, menos A Coruña y Pontevedra), Córdoba y Jaén (Andalucía, salvo Almería, Huelva, Sevilla, Cádiz, Málaga y Granada) y La Rioja.

Haciendo historia, en 1950 todas esas provincias albergaban el 34,1% de la población (incluyendo capitales y ciudades de más de 50.00 habitantes) y generaban el 26,7% del Valor Añadido Bruto (VAB) de la economía nacional y el 33,5% de todo el empleo. En cambio, ahora (datos de 2019) acogen el 18,1% de la población, producen el 16% del VAB y aportan el 17% del empleo.

El lógico e imparable fenómeno de la modernización de la sociedad y de la economía españolas está detrás de esos datos, debido mayormente a  la mecanización y a una mayor tecnificación de nuestro sector agrario, a la progresiva industrialización  durante todo este tiempo y a la urbanización consiguiente de un desarrollo que provocó intensos movimientos migratorios desde las zonas rurales a las grandes ciudades. Movimientos de ida que no de vuelta, que se han demostrado en la mayoría de los casos prácticamente irreversibles.

Brecha enorme

El informe señala que la brecha que genera ese diferencial de crecimiento anual (casi un punto porcentual inferior a lo largo de casi 70 años en esas zonas respecto a la media nacional) es enorme y, además, las provincias que han sufrido la despoblación con mayor intensidad son también, a la vez, las que tienen mayores tasas de envejecimiento (cerca de 10 puntos porcentuales superior al 16%, que es la media nacional) en población mayor de 65 años, mientras que en población joven tienen menos reserva y están entre 7 y 9 puntos porcentuales por debajo (frente al 21% de promedio país). Esta última circunstancia supone un serio obstáculo para el relevo generacional de la población activa.

La mayor parte de la pérdida poblacional y económica de estas provincias tuvo lugar en las décadas de los años 50, 60 y 70 del siglo pasado y, de forma mucho más atenuada, a partir del la de los años 80, aunque también. De hecho, desde 1991, según este informe, se detecta una relativa estabilización de la población, con un ligero aumento en el primer decenio del siglo XXI en algunas provincias, como Toledo, Granada, Huelva o Lleida, que habían perdido bastante población en los años 50 y 60, motivo por el cual no se las incluyó en el citado estudio.

No en todas las 23 provincias señaladas se detecta la misma situación y riesgo. Funcas las divide en tres grupos o “cluster”, según su grado de despoblamiento. El primer grupo, el “núcleo duro” de la despoblación, lo forman once provincias: Ávila, Cuenca, León, Zamora, Salamanca, Lugo, Ourense, Segovia, Palencia, Soria y Teruel. Son las que han perdido más población, tienen menos densidad de habitantes por kilómetro cuadrado, una población más envejecida y una destrucción de empleo muy fuerte.

Estas provincias han seguido perdiendo población, incluso en los dos primeros decenios del siglo XXI, con dos excepciones, Salamanca y Segovia, al tiempo que continuaban reduciendo su peso económico en el conjunto del país. Este grupo, según los investigadores de este informe, requiere políticas de mayor alcance y continuidad si se pretende detener o revertir un proceso de despoblamiento y declive económico, que se viene arrastrando desde hace décadas

El segundo grupo de media docena de provincias, que son las que sufrieron importantes procesos migratorios, pero que no han tenido pérdida de tantos empleos y mantienen una buena base de población joven, aunque con escaso peso del sector industrial y bajos niveles de PIB por habitante y, a la vez, muy elevadas tasas de paro. Y son Albacete, Ciudad Real, Badajoz, Cáceres, Córdoba y Jaén.

Este “clúster”, que presenta los peores indicadores de renta por habitante y tasa de paro, muy probablemente requeriría otro tipo de medidas dirigidas a la creación de empleo, ya que, a pesar de haber sufrido intensos procesos migratorios, cuentan con una población joven en edad de trabajar.

El tercer y último grupo, con otra media docena de provincias, cuenta con escasa densidad de población y con problemas de envejecimiento de la misma, pero con un PIB per cápita por encima de la media, baja tasa de paro, elevado peso del sector industrial y la presencia de importantes núcleos capitalinos, que les ha permitido una evolución positiva del empleo. Ahí están las provincias de Guadalajara, Burgos, Huesca, La Rioja, Valladolid y Zaragoza.

Estas provincias, por lo general, han aumentado su población en los dos primeros decenios del siglo actual y ofrecen también resultados económicos positivos, de forma que las acciones destinadas a las mismas deberían ser muy selectivas y dirigidas a corregir carencias en algunas comarcas o desequilibrios puntuales que podrían suponer un obstáculo para recuperar tasas de crecimiento y de creación de empleo al menos en la medida del país.

Cohesión territorial

El informe de FUNCAS recomienda que, a la hora de abordar el diseño de las políticas destinadas a aumentar la cohesión territorial, se tengan en cuenta la diferente naturaleza de los problemas en cada uno de los grupos destacados. Es decir, “cabe plantear, por tanto, la necesidad de adoptar políticas diferenciadas y adaptadas a los problemas de cada uno de los tres grupos, e incluso con matices dentro de los mismos, dadas las condiciones demográficas y económicas de las provincias que los forman”.

En el contexto europeo, se recuerda, España es un país poco poblado, si se le comprará con otros países del continente. La densidad de población española es tres cuartas partes a la de Francia y está por debajo de la mitad de Italia o Alemania, siendo también solo una tercer parte de la del Reino Unido, mientras que en relación a países más pequeños las diferencias son todavía más grandes. No es de extrañar, por tanto, añade el informe, que algunas provincias del interior del país se encuentren entre las menos pobladas de Europa, solo por detrás de Escandinavia, Islandia, la Rusia Europeo y ciertos territorios de las “highland” del norte de Escocia.

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