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Predicar, pero también dar trigo

Ricardo Migueláñez. @rmiguelanez

Poco a poco va calando, no solo a nivel europeo, sino también mundial, aunque aún queda lejos de lo deseable, que las subvenciones que se conceden a los agricultores y ganaderos deben reorientarse hacia la mitigación del cambio climático sin por ello poner en peligro la productividad agrícola.

Es importante que la Unión Europea no esté sola en esta reorientación y que cada vez sean más los países que en el Planeta liguen la concesión del apoyo público al sector agrario con determinados condicionantes de sostenibilidad medioambiental y climática.

Esta cuestión no se resolverá de la noche a la mañana y se sabe que es un camino largo por recorrer, sobre todo mientras que gigantes agrícolas, como Estados Unidos o China, no se conciencien de lo mismo en cumplimiento con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de Naciones Unidas o con los postulados defendidos en el Tratado de París por el Clima.

De ahí la importancia que tiene un reciente informe del Banco Internacional para la Reconstrucción y el Desarrollo (BIRD), del grupo del Banco Mundial, bajo el título de “Revisión del apoyo público a la agricultura para mitigar el cambio climático” (texto en pdf adjunto abajo en inglés).

En este informe se señala que reorientando una parte de las subvenciones agrícolas, es posible responder a este desafío de forma eficaz, en particular mediante el uso inteligente de los recursos naturales, la restauración y la conservación de los suelos y las tierras cultivables o la aplicación de prácticas agrícolas sostenibles y de innovación en materia de gestión.

El reto, como se ha dicho en tantas ocasiones, es que no es posible garantizar durante mucho tiempo la sostenibilidad medioambiental de la actividad agraria si no se garantiza a la vez la sostenibilidad económica y social de quienes la realizan. Es decir, si no es posible compatibilizar las necesarias medidas de lucha contra el cambio climático y de defensa de la biodiversidad y el medio ambiente, con la competitividad y la productividad agrícola.

En una reseña del informe, sin entrar a poner en entredicho este mantra, el BIRD insiste en señalar que la actividad agrícola y ganadera mundial genera aproximadamente una cuarta parte de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) a nivel global y que para 2050, si no se adoptan grandes esfuerzos de mitigación climática, es probable que estas emisiones alcancen niveles que harían prácticamente inalcanzables el cumplimiento de los objetivos globales.

Mientras tantos, apunta esta institución financiera multilateral, “los países que producen dos tercios de la producción agrícola mundial conceden 600.000 millones de dólares cada año en apoyo financiero al sector, en cifra promedio entre 2014 y 2016.”

Evaluando estos programas de apoyo, tanto a nivel general, como en seis estudios particulares, el informe del BIRD concluye que muchos Gobiernos se han movido para hacer que su apoyo a la agricultura tenga menos probabilidad de crear distorsiones en lo que producen los agricultores, pero que “solo una pequeña parte de los programas apoyan objetivos ambientales y aún menos la mitigación del cambio climático”.

Más aún, concluye el estudio que “de los 300.000 millones de dólares en apoyos directos a la agricultura, solo el 9% apoya de manera explícita la conservación, mientras que otro 12% apoya la investigación y la asistencia técnica”. Los casos en los que recibir fondos públicos depende del apoyo a los objetivos medioambientales proporcionan modelos a tener en cuenta, pero hasta ahora solo han producido resultados o beneficios modestos en este sentido.

Mayor productividad

Incrementar la productividad de la agricultura, mejorando a la vez la eficacia de los recursos naturales constituye la estrategia más importante para mitigar las emisiones agrícolas, se señala en este informe, añadiendo que “con este fin habrá que aumentar la producción tanto por hectárea de tierra cultivada o de pasto, como por kilogramo de abono y otros insumos químicos, por animal, por kilo de alimentos o piensos para el ganado o incluso por litro de diesel o kilovatio-horade electricidad.”

Por ejemplo, la mejora de la calidad de los alimentos para animales puede reducir las emisiones por kilogramo de leche o de carne, ya que los animales que consumen forrajes más nutritivos engordan más rápido o producen más leche, sin aumentar las emisiones de dióxido de carbono de manera comparable. La calidad de los alimentos puede mejorarse mediante mejores prácticas de pastoreo, a través del uso de hierbas más nutritivas y por el empleo de forrajes mejor cortados y mejor transportados y de algunos complementos alimentarios. Y también la mejora de la asistencia veterinaria-sanitaria a la ganadería juegan un papel importante.”

En el plano energético, el paso del consumo de combustibles fósiles a la energía solar y eólica renovable permitirá igualmente a las explotaciones agrarias reducir sus emisiones de GEI, lo mismo que el funcionamiento más eficaz y eficiente de tractores, bombas de riego y de instalaciones de secado, apunta el informe.

También la restauración de tierras cultivables poco productivas en su estado natural, cuando no resulte posible mejorarlas para la agricultura, puede a la vez mitigar el cambio climático y reorientar los recursos agrícolas hacia usos más productivos. Por ejemplo, señala el informe, esto puede incluir los pastos en tierras con mucha pendiente, anteriores a las zonas boscosas. Además, para evitar el desbroce de las áreas naturales, los Gobiernos pueden también rechazar la concesión de subvenciones a los agricultores que producen alimentos en tierras recientemente desbrozadas.

Adoptar prácticas de gestión agrícola ya contratadas puede contribuir también a mitigar las emisiones de dióxido de carbono y de otros gases muy contaminantes a la atmósfera. Por ejemplo, indica el informe, algo que ya se viene haciendo, pero en la que hay que seguir innovando y profundizando en el plano técnico, como es la separación de los sólidos de estiércoles de los líquidos y la captación y la combustión del metano generado por las fosas de purines pueden reducir las emisiones de los efluentes del ganado. Y La siembra en secano y el abatimiento temporal de los arrozales “paddy” pueden dirigirse a la mejora de la gestión agrícola.

Círculo vicioso

Con todo, estamos en un círculo vicioso o en la pescadilla que se muerde la cola. Debido a que los rendimientos de los cultivos y los pastos deben crecer drásticamente si se quiere evitar una mayor deforestación y otras conversiones de hábitats nativos, las prioridades de mitigación incluyen a ayudar a aumentar los rendimientos y la productividad del ganado. Sin embargo, para evitar inadvertidamente el fomento de más conversiones de hábitats naturales y la deforestación de amplias zonas, esta ayuda debe estar condicionada a la protección de los bosques y otras áreas nativas.

En general, se argumenta en el informe, el apoyo a la agricultura orientado al clima debería tener como principio rector el aumento del uso eficiente de la tierra y de otros recursos naturales y los programas de incentivos deben estructurarse de tal modo que ofrezcan pagos escalonados para lograr una mejor protección del clima.

Desde el BIRD se insta a que los Gobiernos deberían dar prioridad a los proyectos coordinados entre colectivos de productores para explorar las innovaciones que sean críticamente necesarias en la gestión agrícola y deberían dar su apoyo a esos proyectos con investigación y asistencia técnica. Las subvenciones incentivadoras permiten en algunos casos adquirir la experiencia y los conocimientos en la puesta en marcha de medidas de gestión con baja intensidad de carbono.

Para alcanzar niveles elevados de mitigación climática parece claro que son necesarias innovaciones en materia de gestión agrícolas. Algunas están ya en fase de investigación, como por ejemplo, las que persiguen identificar productos químicos exudados por una especie de hierba tropical que inhiben las emisiones de gases de efecto invernadero procedentes de la pérdida de nitrógeno en los suelos. Se trata de un procedimiento basado sobre la inhibición biológica de la desnitrificación.

El informe reseñado muestra igualmente que la financiación pública puede jugar un papel importante en el apoyo al desarrollo, a la adopción y al perfeccionamiento de las nuevas tecnologías necesarias para mitigar el cambio climático.

Y, en resumen, una cosa es predicar y otra dar trigo. Está bien que el BIRD, del grupo del Banco Mundial, proponga una reorientación de las subvenciones agrícolas hacia prácticas de mitigación del cambio climático, en línea con las orientaciones en las que ya está inmersa la Unión Europea.

Nadie parece ya cuestionarse que la financiación pública debe dirigirse hacia proyectos de innovación o de mejora de gestión agrícola que sean sostenibles, pero  lo que no tiene futuro es que lo sean solo desde el punto de vista medioambiental o climático, dejando al margen el sostenimiento o el sostén social y económico de las personas que en su actividad diaria deben implementar tales proyectos.

En la práctica, el Banco Mundial y otros organismos e instituciones financieras multilaterales no solo deben predicar con este tipo de informes, sino que, a la hora de conceder fondos o prestar créditos a  programas o proyectos, sobre todo en países menos desarrollados, deberían hacerlo en consecuencia y siguiendo siempre sus propias recomendaciones.

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