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Los males del aceite

Vidal Maté

A escasas fechas de la finalización de la campaña de recogida olivarera, el aceite es escenario de situaciones que ponen en evidencia dos de los problemas más graves que viene arrastrando históricamente el sector y que afectan al conjunto de la cadena, desde el campo al consumidor: escasa visibilidad de la calidad y el valor del aceite solo con la oferta como incentivo.

En lo que afecta a la producción, parece que la cosecha podría acercarse a la cifra record de la campaña 2013- 2014, con un volumen de 1,7 millones de toneladas, sumadas a las 365.000 toneladas de stock inicial y a unas importaciones de otras 70.000 toneladas. Esta situación ya se ha reflejado en lo que va de campaña en una bajada de los precios en más del 30% y, sobre todo, con escasas perspectivas de que se pueda producir a corto una fuerte recuperación a pesar de que las perspectivas para la próxima cosecha no son positivas por la sequía.

En la otra parte, nos encontramos con que la empresa Deoleo, líder en el sector del aceite, al margen de los problemas propios por su elevado endeudamiento, una empresa con andamios, ha sumado unas pérdidas de casi 300 millones de euros por un deterioro del valores su activos y deterioro de marcas provocada por ventas con precios a la baja en sus principales mercados como Italia y Estados Unidos.

Por la lógica de los mercados, campañas altas de producción, y más cuando no hay los mecanismos adecuados para la regulación de los mismos o unos pocos controlan e imponen sus condiciones, llevan consigo bajadas de cotizaciones en origen. Es lo que ha sucedido en las campañas precedentes y lo que está sucediendo en la actual cuando no se suma al producto un valor añadido y otra imagen en función de su calidad y sus características alimentarias o de salud. En el caso del aceite, al margen de la interprofesional y de algunas campañas de empresas que se podrían contar con los dedos de una mano, la realidad es que, tanto desde la industria como por parte de los grandes grupos de la distribución, se ha remado en la misma dirección con los precios de oferta como el principal incentivo, ajustando márgenes, llegando incluso a pérdidas, deteriorando la imagen de calidad del producto y además tirando los precios en el origen.

Si nos atenemos a los resultados de las campañas precedentes, es evidente que altas producciones y bajadas de precios en origen y al consumidor, han tendido algún efecto sobre el comportamiento de la demanda. Pero esas fluctuaciones discretas ponen en evidencia que la demanda se basa más en la calidad del producto que en los precios de oferta. En mercados como Estados Unidos, las actuales bajadas de precios por la guerra de industrias no aumentó la demanda y en España, con la subida de los precios, creció el consumo de virgen extra.

En la actual situación del mercado del aceite en  origen, los precios a la baja son el reflejo de la política seguida en el sector dominado siempre por la oferta como incentivo, más aún ante cosechas elevadas y donde distribución tiene la máxima responsabilidad arrastrando a unas industrias enzarzadas también en su guerra particular por ganar cuota de mercado.

Deoleo, tras la gestión de los Salazar hace una década, es hoy una ruina dominada por su alto endeudamiento, un enfermo grave al que le atacan todos los males, desde las alergias a la gripe. Pero, en ese contexto, hay que reconocer en positivo la propuesta que pretendía aplicar y que se llevó por delante al consejero delegado Pier Luigi Tosato, basada en venta de calidad, no a precios de oferta, dando valor a toda la cadena desde el campo. Lo intentó en solitario, pero la iniciativa duró menos que un caramelo a la puerta de un colegio porque el grupo, con toda su enfermedad a sus espaldas, además de vender calidad a precio alto, necesitaba vender como el resto y ahí se acabo una iniciativa que no tuvo seguidores y donde se volvió a imponer el precio bajo como principal incentivo.

Los resultados están a la vista en el campo, precios ruinosos. Los de las industrias son reservados, salvo Deóleo, por estar en bolsa y que sería un ejemplo, al margen de su grave situación particular. Lo que parece evidente es que, el actual, no es el camino para nadie, salvo para la distribución. Lo intuía Antonio Hernández Callejas, responsable de levantar el primer grupo alimentario español, líder mundial en arroz y segundo en pastas cuando se alejaba del aceite por considerar que no era un negocio; y lo dice desde el campo un olivarero, Agustín Rodríguez, director general de la organización empresarial agraria andaluza Profesionales de la Agricultura y de la Ganadería, PAG, cuando no entiende haya razones para justificar la actual caída de los precios y acusa de la situación a la distribución y a la política seguida desde algunas industrias y cooperativas apostando por los precios bajos.

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