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Cooperativas, por miles...

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Con diferentes nombres, el sector cooperativo ha sido objetivo en las últimas décadas de distintas políticas de ayudas públicas encaminadas a incentivar los procesos de fusión o de integración de las mismas. Hoy ese proceso, con algunos incentivos, como siempre no muy claramente determinados, se llama Ley de Integración Cooperativa y una de sus armas es la constitución de Entidades Asociativas Prioritarias. Vertebrar el sector agrario en general desde la producción y la transformación a la industrialización y a la comercialización es una larga y vieja historia y, sin embargo, es algo de lo que se sigue hablando como si fuera el gran reto pendiente para cada nueva legislatura o banderín de enganche de campaña en el medio rural de viejos y nuevos partidos políticos.

Desde la perspectiva de los números, las cifras del mundo cooperativo son apabullantes, cerca de 4.000 entidades, en sus manos el 60% del valor de la Producción Final Agraria con 26.000 millones, más de un millón de asociados, aunque en muchos casos duplicando o triplicando afiliados en diferentes sectores o 100.000 empleos directos. Cifras todas que certifican la importancia de unas entidades y, sobre todo, su peso en el territorio rural.

En los últimos años se han dado avances en los procesos de organización del mundo asociativo, se ha producido un ligero reajuste del número de entidades con una reducción que no llega al 5%. Sin embargo, la realidad es que más del 70% de este tipo de entidades no llega a una facturación de cinco millones de euros, lo que les convierte en carne de cañón de cara a unas industrias cada vez más potentes y, sobre todo, ante esa gran distribución organizada capaz de imponer en todo momento sus exigencias. El volumen no es siempre una garantía de rentabilidad, pero con volumen una buena gestión ayuda a lograrla y basta con mirarse en el espejo de los grandes grupos cooperativos del resto de los países comunitarios al norte de los Pirineos.

Desde las cúpulas de las organizaciones cooperativas, desde las diferentes Administraciones públicas, existe una reiterada coincidencia en los mensajes para lograr ese objetivo, tanto para la integración o fusión total, como para hacerlo solamente desde la perspectiva de una comercialización conjunta. Y la realidad es que existe una fuerte resistencia cuando se baja a cada cooperativa sobre su propio terreno donde no es fácil modificar viejas estructuras con formas muy personales de trabajar y que no han ido mal por otras nuevas que puedan afectar además a otras cuestiones como el empleo o el mantenimiento de puestos de responsabilidad en la gestión.

La integración asociativa no es ni puede depender del volumen de las ayudas, que siempre pueden animar, sino que debe responder a la creencia de sus promotores en la posibilidad de lograr otra estructura con la que mejor hacer frente a los nuevos retos. Uno no se puede asociar por recibir ayudas. Mal le iría a ese proceso. Asociarse debe ser una oportunidad para ser más fuertes, creer, tener un proyecto de futuro, no una ocasión para percibir unos apoyos temporales para ir a ninguna parte. La integración, a la postre, no la hacen tampoco las leyes, los políticos o los analistas de despacho, tampoco los periodistas, sino las personas que a pie de campo se hallan al frente de esos miles de pequeñas entidades con sus valores, virtudes y vicios, también su soledad, soportando más críticas que alabanzas o la falta de reconocimiento a una tarea donde en muchos casos, los primeros que no creen en su cooperativa son los propios socios…

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