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Opinión

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50.000 millones

VM

Uno de los retos que se planteaban los responsables de la última Administración socialista en Agricultura, aunque nunca dijeron el cómo, era superar la barrera del valor de la producción agraria por enciman de los 50.000 millones de euros. Se quedaron con la autodefinida ministra verde, nunca mejor dicho, en poco más de los 40.000 y ahí siguen ante la disparidad de las producciones, los precios a la baja y la difícil coincidencia de cosechas y precios elevados. Sin embargo, en esto de los retos nunca se sabe. Lo que el clima y los mercados negaron a los socialistas, les ha venido de frente a los populares en lo que se refiere a las exportaciones alimentarias que, por primera vez, han superado la barrera de los 50.000 millones en una línea de crecimiento que se mantiene en la última década.

Agricultura, visto cómo venía la corriente, se montó desde un primer momento en el carro de la exportación situando el mismo como uno de los objetivos de la legislatura y en ello se han dado algunos pasos positivos en materia de ventanilla única, coordinación con las empresas del sector, negociaciones bilaterales, más facilidades en la coordinación administrativa, campañas de promoción en España con los turistas como potenciales compradores en sus países, la moda o la gastronomía. En cartera quedarían otras cuestiones como la mayor coordinación entre ministerios implicados en la exportación desde la producción a la sanidad y el lograr un mayor apoyo desde las oficinas comerciales en manos de otros departamentos.

Al margen de los números que puedan ofrecer las ventas en el exterior en cada campaña variables por las circunstancias de cada mercado, hay un aspecto más importante a destacar. El hecho de que las exportaciones hayan dejado de verse como la vía para eliminar excedentes que pesaban sobre los mercados que era preciso eliminar a cualquier precio para considerar el más de un centenar de países como otro mercado más para cuyo suministro hay que aumentar las producciones muy por encima de la demanda interior.

No vamos a negar que algo habrán hecho las Administraciones para que las exportaciones se mantengan ya durante más de una década en esta línea de crecimiento. Pero nada de ello se habría producido si fuera de los despachos oficiales no hubiera un sector cada día con una mayor vocación exportadora, con otra visión de los mercados, dominado por pequeñas y medianas empresas donde han desembarcado nuevas generaciones como para que hoy ya no sea nada extraño que más de un 50% de sus facturaciones proceda del exterior.

Asumido el éxito político de los 50.000 millones, también hay sobre la mesa una ristra de amenazas o debilidades que reclaman soluciones como la excesiva dependencia de los mercados comunitarios, la corriente de nacionalización en los países miembros, la escasa atención de Bruselas para la apertura de nuevos mercados en condiciones igualdad, las dificultades que se inventa cada tercer país para poner trabas en la fronteras, barreras comerciales, barreras ficticias, en medio de los silencios comunitarios, acuerdos de comercio con la agroalimentación moneda de cambio, importaciones a tumba abierta con mínimas exigencias en materia calidad, inferiores a las exigidas a la producción interior…

Y, además, sería también un honesto ejercicio político pensar si a la hora de buscar razones a esa apuesta por parte de una serie de sectores y empresas por operar en los mercados exteriores, a la sombra no se halla también la necesidad imperiosa de buscar otros aires donde sea posible vender un producto a su precio justo, tener un margen de beneficio aceptable, frente a la estrategia dominante en el mercado interior de precios baratos, cuanto más bajos mejor, precios de oferta, precios a pérdidas. Unas políticas que están poniendo entre las cuerdas a esa industria alimentaria joya de la corona, de la que se pavonea el gobierno, pero donde cada grupo de la distribución coloca su espinita, unos a lo bruto y otros con vaselina, en medio de la aquiescencia de los Pilatos de Economía y de sus centuriones de Competencia, mientras las buenas gentes de Atocha apelan a la ética con los códigos de buenas prácticas.

A veces, exportar, salir fuera, no se puede ver como un éxito de la política o el resultado de una vocación, sino una necesidad irrenunciable para sobrevivir.

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