Euroganadería

Una PAC y un greening más verde, pero... ¿cómo? (parte I)

JD

Estamos en pleno debate sobre la reforma de la PAC y hay que tomar posiciones. Al fin y al cabo, la PAC es una de las políticas con mayor repercusión económica de la UE, pero no olvidemos que también es una de las más influyentes en el futuro de nuestro medio natural.

Entre los grupos conservacionistas existe una clara unanimidad en reclamar una PAC más verde. La sensación generalizada es que las sucesivas reformas acaban siendo una versión descafeinada de la propuesta original. En nuestra contra, decir que siempre ha sido más fácil reivindicar que proponer. A nuestro favor, los informes post-PAC de la Comisión Europea, entre otros, demuestran que aún hay margen para "verdear más el verdeo". Los lobby, por uno y otro lado, existen desde que existe la política. Pero a estas alturas, los argumentos deben apoyarse en evidencias objetivas y por supuesto en propuestas inequívocamente alineadas con los objetivos fundamentales de esta política. Y si hablamos del greening, eso significa caminar hacia un pago objetivamente ligado a las prácticas beneficiosas para la biodiversidad y el clima.

Fundación Global Nature lleva más de 20 años trabajando por la sostenibilidad del sector agrario y además somos productores. Para tomarle el pulso a esta última reforma de la PAC, nos hemos involucrado en dos proyectos: un proyecto informativo con entrevistas a expertos y colectivos diversos, cuyos resultados se reflejan en 11 podcasts de radio (descárgalos en www.fundacionglobalnature.org/pac). Y también en el proyecto LISA (Landscape Infrastructures and Sustainable Agriculture), implementado desde 2014 en 39 regiones, 800 parcelas y 10 países para testar la eficacia del greening en sus primeros años de implementación a través de diversos indicadores. Todo ello nos permite evidenciar algunas carencias del Greening actual y hacer propuestas con fundamento técnico.

Un breve paseo por nuestro greening… y su potencial

El greening en España se aplica fundamentalmente a través de tres medidas que tienen una influencia directa sobre el pago directo. La medida de conservación de pastos permanentes se aplica tomando como referencia el cociente de la superficie nacional de pastos permanentes declarada frente al total de la superficie agraria nacional en el año 2015. Sólo si este cociente disminuye más de un 5% se tomaran medidas con una influencia directa sobre propietarios agrícolas.

El caso es que esta medida no es nueva, y durante el periodo 2005-2014 ya venía recogido en la condicionalidad, siendo por tanto de obligatorio cumplimiento. A todas luces, se trata de una política de cómoda aplicación y que pensamos que nunca requerirá medidas sobre el terreno debido al progresivo abandono de la actividad ganadera en ciertas zonas de España. Además, al basarse en cómputos nacionales de superficie, no se liga la conservación de pastos a su calidad ecológica, ni a los servicios ecosistémicos que generan, etc. O visto de una manera más pragmática, mientras no se sobrepase el límite especificado, ciertos pastos podrían estar siendo roturados, podrían intensificarse o abandonarse… y seguiríamos cumpliendo con las obligaciones europeas, lo cual no deja ser algo extraño, ¿no?

Cabe recordar que los pastos permanentes, vinculados a la ganadería extensiva, suponen unos de los principales exponentes de nuestro patrimonio natural. Sin ganado, muchos de esos hábitats seminaturales no existirían. Así, como lo oyen. Estos hábitats que queremos proteger son artificiales, los genera el ganado a través de una correcta gestión de los pastos y requieren de una gestión activa de los ganaderos. Y por si fuera poco, en estos pastos está el mayor sumidero de carbono vinculado a la actividad agrícola en nuestro país. En la actualidad, existe suficiente información científica que avala que determinadas prácticas de manejo del pasto son altamente positivas tanto para la biodiversidad como para la mejora de la calidad y cantidad de pasto. Promover e impulsar medidas activas en pastos permanentes es además una cuestión de autosuficiencia, ya que nuestro ganado depende de alimentos producidos fuera de la UE mientras nuestros pastos se están degradando.

España y su sector ganadero saldrían beneficiadas si se propusiese una gestión proactiva basada en medidas como la redefinición del concepto de pasto para dar cabida a sistemas de alto valor ambiental actualmente penalizados (como las dehesas y otros pastos bajo arbolado), la selección a nivel regional de los pastos agronómica y ambientalmente prioritarios, y el diseño de fórmulas concretas de manejo de dichos pastos en función de las circunstancias regionales.

La diversificación de cultivos es nuestra medida estrella. En aproximadamente el 85% de nuestras tierras arables se aplica esta medida. Implica el cultivo de al menos 2 cultivos diferentes cuando la propiedad tiene una superficie entre 10 y 30 ha (el principal no puede superar el 75%), o 3 cultivos para propietarios con más de 30 ha (el principal no puede superar el 75% ni los dos cultivos mayoritarios ocupar más del 95%). Estamos 10 puntos por encima de la media europea y entre los países con mayor aplicación, tanto en la superficie de cultivo como en su aplicación más exigente (diversificación con 3 cultivos), pero ojo, porque no es oro todo lo que reluce.

En primer lugar, cabe explicar que ambientalmente esta medida persigue conservar suelos en el mejor estado posible, de modo que haya una máxima rotación de cultivos con requerimientos nutricionales similares y se evite su deterioro. También se pretende regenerar ese mosaico agropecuario que tanta biodiversidad soporta en nuestras latitudes. Esto sin embargo contrasta con lo que se considera un cultivo “diferente” en esta norma. Por ejemplo, los diferentes géneros botánicos de los cereales de invierno (hordeum, triticum, avena, etc.) se consideran cultivos diferentes. Es decir, un monocultivo cerealista, con la norma en la mano no es tal. Lo mismo sucede con especies de ciertas familias botánicas muy exigentes en condiciones de cultivo (solanum, brassica) y de nuevo con los cultivos de invierno y verano, que se consideran diferentes aun siendo la misma especie solo por el hecho de tener un periodo muy breve entre ellos. La alternancia de cultivos con diferentes requerimientos nutricionales, sistemas radiculares, plagas/enfermedades, etc. son los que permiten conservar suelos. Ambientalmente son los mosaicos de cereales, leguminosas, hierbas, etc., con diversidad de portes, de diferentes fenologías, de recursos tróficos, etc., los que generan más beneficios ambientales. No obstante, las evidencias señalan que ni tan siquiera hace falta centrar el debate en esta cuestión, ya que la rotación exigida se acomoda bastante a nuestro modus operandi. A nivel europeo, la superficie en la cual los agricultores han tenido que introducir cambios en la gestión para cumplir con la medida de diversificación de cultivos, es apenas un 1%. Los resultados del LISA pre y post aplicación del greening tampoco arrojan evidencia alguna sobre una mayor diversificación de cultivos. Hablando en plata, la nueva norma no aporta valor añadido alguno y se amolda a lo ya existente. Curiosamente, las primeras propuestas en el proceso de negociación del greening no hablaban de diversificación de cultivos, sino de rotación obligada a nivel de parcela. Metodológicamente tiene una cierta complejidad, pero repensar las rotaciones en nuestro país en clave diferente puede generar un futuro más prometedor para nuestros agricultores que quedarnos simplemente donde ya estamos, especialmente ante los escenarios de cambio climático que se avecinan. Proponemos trabajar por grupos de cultivos agronómica y ambientalmente coherentes (aunque eso suponga reducir el nº de cultivos en rotación), adaptar las rotaciones a las diferentes realidades agrícolas españolas, fomentar o expandir nuevos cultivos que puedan entrar en rotación y que mejoren la competitividad del agricultor, y alinear estos esquemas con la demanda de nuevos mercados o para satisfacer las demandas internas estratégicas de ciertos cultivos (legumbres, soja, etc.).

Las superficies de interés ecológico (SIE) son la tercera medida aplicable, y es obligatoria para propietarios con más de 15 ha de tierras de cultivo, que deben dedicar al menos el 5% de sus tierras a ellas. Los EEMM pudieron elegir las SIE a contabilizar, incluyendo tanto SIE en zonas productivas (barbecho, leguminosas, etc.) como en zonas no productivas (elementos del paisaje tales como charcas, setos, linderos, etc.). España de nuevo se sitúa a la cabeza, con algo menos del 20% de superficie declarada respecto al total de tierras arables. Pero… sí, de nuevo hay un “pero”. La clave está en entender las diferentes opciones que han tomado otros países. La propia CE reconoce que “entre las diferentes SIE, los elementos más estables en el tiempo –setos, arboles, charcas, terrazas, construcciones de piedra en seco y otros elementos paisajísticos-  tienen un beneficio sobre la biodiversidad mayor. Esto se debe a que funcionan como hábitats, y al permanecer en un estado similar durante años, contribuyen a la creación de una infraestructura verde […]. En contraste, las SIE con una menor contribución a la biodiversidad son las que se sitúan en las zonas productivas, como los cultivos fijadores de nitrógeno – que pueden incluso generar efectos medioambientales negativos si se emplean técnicas intensivas de cultivo […]. A este respecto, las cifras para 2015 indican que solo el 26,9% de la superficie de SIE se corresponde con los elementos más beneficiosos”. España se encuentra entre los EEMM que no incluyeron entre sus SIE ninguno de estos elementos paisajísticos. Probablemente, la inclusión de SIE en suelo productivo responde a un criterio de practicidad, sin embargo, cabe recordar que esos elementos del paisaje no sólo están identificados en el SIGPAC, sino que están “penalizando” a los agricultores que los tienen. Charcas, setos, árboles, zonas inundables, muros de piedra…son descontados de la superficie admisible y por tanto, no sólo estamos no estamos recompensando a los agricultores que mantienen estas SIE sino que les estamos invitando a que los eliminen.  

Y no obviemos el debate de la calidad de los elementos paisajísticos, porque como se pueden imaginar, un seto puede ser una estructura ecológicamente compleja y diversa, o una triste alineación de árboles que han quedado relegados en un margen donde el arado no puede morder más... No obstante, el reto está en comunicar que las SIE no son caprichos del sector conservacionista, sino elementos que contribuyen a un mejor control de plagas al albergar enemigos naturales de las plagas, a frenar los procesos erosivos por escorrentía y viento, a disminuir el efecto de vientos muy fríos o muy cálidos, a mejorar la estética del entorno rural con efectos colaterales positivos sobre la economía rural. El proyecto LISA demuestra que en España, sin medidas específicas en marcha, los elementos paisajísticos en los cultivos cerealistas pueden llegar a sumar hasta el 5% de la superficie productiva. Parece que podemos hacerlo y que los beneficios para los agricultores serían más que interesantes.

(El artículo cuenta con una segunda parte que se publicará la próxima semana)

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