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Y en Andalucía seguimos mirando al cielo

Cristóbal Gallego Martínez. Presidente Consejo Sectorial Aceite de Oliva de Cooperativas Agro-alimentarias de Andalucía 
 

Los andaluces, especialmente los olivareros, miramos a Israel con cierta envidia.

Un país que ha logrado a base de inversiones y desarrollo tecnológico poder cultivar en el desierto. Así, como consecuencia de una imperiosa necesidad y alentados por el miedo a quedarse sin agua -temor que venimos padeciendo los agricultores en las últimas campañas-, el modelo israelí ha logrado combinar plantas desalinizadoras, revolucionarios métodos agrícolas y tecnologías que han convertido un país sin agua en uno que proporciona este valioso recurso a países vecinos. La lluvia, por tanto, para ellos es una bendición pero ya no tanto una urgencia.

En Andalucía, en cambio, seguimos mirando al cielo.

Pese a su carácter cíclico en la comunidad y ser el agua un recurso vital para la principal región agraria de España, sigue sin llegar un ambicioso compromiso político para impulsar un verdadero plan de inversiones hídricas que ponga fin a esta situación. Quizás, a la espera de que los agricultores lleguemos a ver a la sequía como ese vecino incómodo con el que al final te acostumbras a vivir.

Año tras año los deberes siguen pendientes y, mientras, los pantanos se vacían, las lluvias se producen con cuentagotas si es que llegan y continúan las restricciones de riego, con la consiguiente ruina del campo y de las cooperativas agroalimentarias.

El pasado 1 de octubre comenzaba la nueva campaña oleícola 2022-2023, y ya se habla de que será la peor cosecha de los últimos años. La producción nacional no llegará apenas a las 800.000 toneladas, por lo que será aún inferior a la campaña 2014-2015, cuando se elaboraron 841.000 toneladas. No obstante, si tenemos en cuenta que desde entonces ha habido una expansión del olivar y contamos con 200.000 hectáreas más, podemos hacernos una idea de la magnitud del desastre que se avecina, tanto para los productores, como para el sector cooperativo, pues el 70% de la producción olivarera depende de cooperativas andaluzas.

La razón de esta corta cosecha está, principalmente, en la sequía. Este fenómeno climático está poniendo en serio peligro el cultivo del olivo y el futuro de un producto como es el aceite de oliva, en el que España es líder mundial -aporta el 44% de la producción global-, así como la actividad de las industrias almazaras.

Situación que, de no corregirse, podría desencadenar en una importante pérdida de empleo, pues se trata de un cultivo muy demandante de mano de obra, y de riqueza en las zonas rurales, al ser la actividad vinculada a la aceituna el motor que mueve la vida en muchos de los pueblos andaluces.

Impacto ambiental

Pero además, el abandono de olivos supondría un enorme impacto ambiental. No en vano, está demostrado que los olivares pueden combatir la desertización de las tierras áridas, que son un gran consumidor de carbono atmosférico y que aumentan la calidad del paisaje y mejoran la biodiversidad de su entorno. Por otro lado, la producción de aceite de oliva virgen extra es ya una industria circular, y el uso de subproductos del olivo reduce la dependencia de los combustibles fósiles.

El olivar que dispone de agua y la utiliza de manera optimizada no solo aumenta la competitividad de la explotación por el incremento de la cosecha y el aumento de la calidad del fruto, sino que afecta positivamente y de manera directa a todo el entorno social y medioambiental donde se establece.

Por esta razón, es necesario alejar la confrontación por el agua de una vez por todas y alcanzar un consenso que se materialice en inversiones en nuevas infraestructuras, ante la extrema necesidad del campo. No podemos olvidar que la función de los agricultores es convertir el agua en alimento para abastecer los mercados y sin este recurso no podremos producir esos alimentos. Situación que obligaría a importar nuestros productos de otros países, lo que encarecería sobremanera la cesta de la compra.

Falta de liquidez

Otra consecuencia de esta corta cosecha de aceitunas debida a la sequía es que los precios del aceite de oliva están subiendo. Así, en función de las calidades, las cotizaciones alcanzan ya precios que desde hace muchos años no se veían en el sector. Sin embargo, a pie de campo, la rentabilidad sigue estando comprometida, pues los costes productivos se han disparado y al disponer de tan escasa producción, las cuentas no salen para mantener las explotaciones en la siguiente campaña.

Los agricultores se enfrentan a un grave problema de falta de liquidez, ya que pese a que la campaña 2021-2022 ha sido buena en términos de comercialización y de precios en origen, durante este ejercicio se han triplicado los costes energéticos -sin citar la subida de otros inputs-, por lo que los olivareros van a llegar con dificultades económicas a final de año, encontrándose en serios apuros económicos para el cuidado de sus olivos durante todo 2023.

Estas cotizaciones del aceite tienen también su reflejo en los lineales del supermercado. Pero hay que tener en cuenta que la ingesta en España y Andalucía, según el panel de Consumo del Ministerio de Agricultura con datos de 2021, está en 7 litros per cápita por año. Por tanto, asumir el incremento del precio (de unos 3 euros a unos 5 euros la botella de un litro) puede suponer pagar poco más de un euro al mes a una persona, que a cambio de ese esfuerzo económico está adquiriendo un producto que es fuente de salud.

En cualquier caso, ni agricultores ni consumidores se benefician de esta situación. Y para evitar que campañas como ésta se repitan sólo hay que observar lo que están haciendo otros países. Antes hablaba de Israel, pero tenemos un ejemplo más cercano en nuestro vecino Portugal. Un país que de tener un modesto papel en el sector oleícola se postula actualmente como uno de los operadores con mayor potencial de crecimiento en aceite de oliva. No en vano, ha pasado de una producción por debajo de 100.000 toneladas a alcanzar las 200.000 toneladas, gracias a la construcción de la presa de Alqueva. Una obra que lleva esa agua española, que tanta falta nos hace en Andalucía, pero que soluciona los problemas de riego de la región lusa del Alentejo.

Queda patente que apostar por las infraestructuras hidráulicas es el único camino posible. Solo de esta forma conseguiremos que haya una producción de aceitunas estable y suficiente, que permita una renta adecuada para los agricultores y que posibilite al consumidor adquirir en mayor medida el producto para disfrutar de todas las bondades que tiene el aceite de oliva.

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