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Según el CIS, el campo importa 'un bledo' a la sociedad

Ricardo Migueláñez. @Rmiguelanez

El miércoles 13 de marzo, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), que preside el controvertido José Félix Tezanos, presentó un avance de encuesta, en la que pulsaba la opinión de la ciudadanía para ver qué pensaban sobre las actuales protestas y tractoradas que está protagonizando el campo español durante estos dos últimos meses.

No es normal que esto suceda. El recuerdo o el olvido que expresa la sociedad del campo español es ciclotímico. Se acuerda de Santa Bárbara, cuando truena. En los años más duros de la pandemia de Covid-19 ahí estuvo más que presente, continuando con su trabajo de sol a sol para seguir abasteciendo de alimentos a unos ciudadanos cuya vida y actividad se estancó de forma repentina.

Junto a las largas y exhaustas jornadas de médicos y enfermeras, fue uno de los colectivos que más mereció el aplauso, como eslabón clave de engranaje con el resto de los eslabones de la cadena de valor alimentaria, que supo dar una respuesta atenta y firme a las necesidades de los consumidores en esos días tan duros para la sociedad española.

Entonces, se les dijo desde muchas instancias oficiales que era un sector estratégico (que lo es) y los ciudadanos también así lo consideraron. Pero pasó el tiempo y la pandemia fue también debilitándose y pasando. Y la sociedad volvió a olvidarse, recobró de nuevo su actividad y su vida, y pasó a considerar como algo de lo más normal tener llenos los estantes de los supermercados y las baldas de sus frigoríficos. El campo volvió a quedar aparcado en segunda fila y la sociedad volvió a ignorarlo.

Lo que sucedió después es reciente y aún sigue vigente. La guerra en Ucrania, iniciada a finales de febrero de 2022, trajo un cataclismo en los mercados mundiales de insumos energéticos y de las materias primas alimentarias. Se desató la inflación y subieron los precios del gas natural, del petróleo, de los fertilizantes y, cómo no, de los alimentos. Y la sociedad volvió a alarmarse con lo caro que estaba todo, pero sobre todo con lo caro que estaba (y sigue estando) la cesta de la compra.

Además, a todo ello se le sumó una sequía persistente en los dos últimos años en nuestro país que, en buena parte, aún continúa, que mermó de manera drástica los pastos y forrajes para el ganado y las disponibilidades de agua para el riego de los cultivos, reduciendo cosechas y producción (menos volúmenes) y elevando considerablemente los precios allí donde no hay alternativas viables y suficientes de importación (sobre todo y principalmente en el aceite de oliva).

En cambio, donde hubo alternativa importadora, como en cereales y oleaginosas, se combinaron desgraciadamente unos costes de producción que, aunque bajaron de los máximos alcanzados durante la pandemia, continúan estando demasiado altos, con unos precios y unos volúmenes de cosecha muy bajos.

Toda una ruina que, junto a una PAC excesivamente compleja de aplicar y muy burocratizada, nos ha llevado al lamentable estado en el que estamos: con el campo y los tractores (signo o instrumento de estos tiempos tan desalentadores) saliendo a manifestarse y a protestar a las calles y a las carreteras de toda España, de toda Europa.

Venganza o hartazgo

¿Es la venganza del campo ante el resto de la sociedad, como dice el exministro Manuel Pimentel? Quién sabe, posiblemente sea exagerado hablar en esos términos, porque agricultores y ganaderos (y pescadores) ni buscan, ni están para vengarse de nada.

Pero si no lo es, sí es el hartazgo del campo y del medio rural español, la gota que colmó el vaso o la olla a presión que acabó por explotar ante la difícil situación socioeconómica en la que viven muchos de ellos, que gastan o invierten 4 euros para poder llevar a cabo su actividad productiva para luego recuperar vía precios por la venta de sus productos solo 2 o 3. De ahí, lógico, que no les salgan las cuentas.   

Esta realidad sociológica, que ha ocupado durante estos días, como casi nunca se había visto, páginas enteras en los periódicos, espacios en radio y TV, que ha sido “trending topic”, como asunto o tendencia más comentada o popular, en las redes sociales en Internet…es lo que ha impulsado al Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) a preguntar a los ciudadanos.

La encuesta, que se realizó sobre una muestra de cerca de 4.000 personas a comienzos del mes de marzo, arroja algunos datos bastantes concluyentes, pero siempre teniendo en cuenta que una cosa es el ánimo y la sensibilidad que se expresa en un momento dado y otra la realidad que luego cada cual vive en su mundo.

Lo cierto es que una clara mayoría (el 47,3% de los encuestados) respaldó plenamente las demandas y los mensajes (como el de “si yo no produzco, tú no comes” y variantes similares) que han expresado y divulgado con cierta rabia durante estas semanas los agricultores, y más de un 40% adicional (lo que sumaría en total cerca del 90%) se mostró bastante de acuerdo con las peticiones en mayor o menor grado, en una escala del 0 (nada de acuerdo) a 10 (totalmente de acuerdo). Solo un 9,3% se situó en desacuerdo en una escala de entre el 0 y 5.

Más de la mitad de los encuestados (57,6%) afirmó que no le habían afectado nada personalmente las acciones (tractoradas, cortes de carreteras, huelgas, bloqueos de puertos) llevadas a cabo por los agricultores y ganaderos; otro 16% que un poco; un 12%, algo y un 13% entre bastante y mucho.

Desequilibrio de precios

Para los encuestados (todos, tuvieran o no conocimiento de las reivindicaciones del sector agrario), el principal problema que afecta a los agricultores y ganaderos es el desequilibrio de precios en la cadena, del campo a la mesa, es decir, la enorme diferencia entre los precios de los alimentos en origen y en destino, con un 39% del total, seguido de la competencia desleal de terceros países (31,6%); la subida de los costes de producción (11,7%), el exceso de burocracia (11%) y ya, en mucha menor medida, las leyes medioambientales y el bienestar animal (3,4%).

De todas estas cuestiones, la primera (desequilibrio de precios) era el primero y el segundo problema del sector agrario (61,2%) del total, seguido de la competencia desleal con países terceros (58%).

Sobre quién puede hacer más para resolver los problemas del sector agrícola y ganadero, las respuestas se reparten a partes iguales entre la Unión Europea (37% de los encuestados) y el Gobierno (37%), quedando las CC.AA. en tercer lugar (7,7%).

Claro que la encuesta del CIS da mucho más de sí y a la pregunta de cómo calificaría la situación económica personal del encuestado en la actualidad, un 58,9% responde que buena; un 3,5% que muy buena, mientras que un 19,5%, mala y un 6,4% que muy mala.

Pero luego, pasando a la situación económica general, solo un 27,8% la califica de buena; apenas un 1,2% de muy buena, así como un mayoritario 44,6% que mala y otro 16,7% que muy mala, es decir, un 61,3% mayoritario, vería la situación económica española de mala o muy mala, pero un 62,4% a nivel personal la ve buena o muy buena, lo cual puede resultar un tanto contradictorio.

Entre los principales y numerosos problemas que existen actualmente en España, el de la crisis del sector agrario es bastante menor (aunque menos que, por ejemplo, el de la Ley de Amnistía, que solo es un problema para el 1,6% de los encuestados). Algo bastante lógico.

La crisis del sector agropecuario y pesquero es el problema principal para únicamente el 0,8% de los encuestados; el segundo problema, para el 0,7% y el tercer problema, para otro 0,8%. En total, un 2,3% de los encuestados consideró entre los principales problemas que hay en España el de la crisis que soportan los agricultores y ganaderos, lejos del 29% de la crisis económica (problemas de índole económica), el paro (18%), el mal comportamiento de los políticos (16,8%) o los relacionados con la calidad del empleo (14,9%) o la corrupción y el fraude (12,4%).

Otros aspectos, que pueden relacionarse con el sector agrario y que se ven como más o menos problemáticos, son el cambio climático, que lo es para un 4,2% de los encuestados; los problemas relacionados con el agua, la sequía (2,7%); el medio ambiente (1,1%); la España vaciada, la despoblación (0,6%); la guerra de Ucrania y Rusia (0,5%) o la reforma laboral (0,2%).

Cuando se les preguntó al encuestado sobre cuál era el principal problema que más le afectaba personalmente un 3,2% afirmó que los relacionados con la agricultura, ganadería y pesca, siendo para el 1,8% el primer problema; para un 0,7%, el segundo problema y para otro 0,8% el tercer problema. Aquí, un 41,7% contestó que la crisis económica y los problemas de índole económico; otro 15,8%, la sanidad; un15,4% los relacionados con la calidad del empleo; un11,2%, la vivienda y un 11% el paro.

En suma, parece que a la sociedad, a los ciudadanos, les preocupa el campo y el medio rural solo de forma meramente puntual, cuando del mismo se derivan problemas o conflictos que les afectan a su cartera; cuando ven que la factura a pagar por la cesta de la compra de sus alimentos sube cada vez más y no lo entienden y se preguntan el por qué o, como ahora, cuando ven con cierta simpatía (¿o es empatía?) cómo vienen con sus pintorescos tractores, con sus chalecos amarillo-fosforito, con su folclore de pitos, pancartas y banderas a ocupar un rato las calles y avenidas de las ciudades, a cortar carreteras o a protestar a la entrada de los puertos durante un momento. 

Al final, cuando tengan que hacer el acto de compra en el súper, continuarán inclinándose una vez más por el alimento que sea más acorde con su presupuesto o con el dinero que se quieran o no gastar, venga de donde venga, de aquí, de Marruecos o de Sudáfrica, al margen o por encima de su origen y, probablemente también, de su calidad.

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